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Premi de Narrativa Maria Àngels Anglada 2008
"Quim
Monzó,
un dels pocs autors realment valents, va tenir la força d’entrar en una
residència d’avis, va vestir el pare amb roba de dona, li va pintar els
llavis i li va posar joies. És dur mirar la Desconeguda a la cara, cal
molt de coratge. Proveu de llegir, si us plau, aquest relat de
Mil cretins...”
Simona Škrabec,
El País, Barcelona |
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El mejor libro de Quim
Monzó
No soy crítico literario, ni
quisiera serlo. Solamente me considero un lector más, con una opinión
más. Por eso, aún a riesgo de equivocarme, enunciaré una afirmación
rotunda: Mil cretinos es el mejor libro de relatos que hasta
ahora ha publicado Quim Monzó (Barcelona, 1952). Diré por qué, pero
despacio, viajando lentamente por algunos de sus cuentos.
Mil cretinos se estructura en dos partes. La primera es un
relieve escarpado de siete relatos excelentes que preceden a una
segunda parte (o conjunto de doce protocuentos) que elevan al autor
catalán al olimpo de la narrativa contemporánea. Quizás sea esta
segunda parte del libro la que ha obtenido críticas menos favorables.
Y, la verdad, no entiendo por qué. Pues esas doce estampas constituyen
lo mejor del libro: por la propuesta, por cómo se construyen y por
todo lo que (no) transmiten.
Pero entremos en las primeras páginas monzonianas. Mil cretinos
lo abre el relato llamado "El señor Beneset", la historia de un hijo
que visita a su padre en un geriátrico. El progenitor, mientras se
traviste de mujer frente a su hijo, entona palabras que bien pudieran
ser pronunciadas, no por un padre, sino por una madre. El señor
Beneset se disfraza de mujer --y no sólo en apariencia sino también en
esencia o carácter-- para eludir lo más temido por un hombre: la
muerte inminente (ésta es la essentia de Mil cretinos).
Encontramos aquí al Monzó menos cínico, menos humorístico y más
íntimo, como si hubiese querido deshacerse de ese tono onomatopéyico,
casi de cómic, de su celebrado libro El porqué de las cosas, y
desease retornar a la esencia de su primera colección ¡Uf!, dijo él.
Me complace pensar que Monzó sigue en Mil cretinos más la línea
de Confidencias (relato último de ¡Uf!...) que de los
virajes de El porqué..., donde se adentraba en giros de tuerca
sobre famosos cuentos infantiles o relatos kafkianos ultraconocidos, o
bien en las tramas de personajes sin nombre pero sí con atributos
reconocibles.
De esta primera parte de Mil cretinos también te golpean
relatos consiguientes como Sábado --el angustioso despojo de
fotos, ropa, objetos y recuerdos de lo que presumimos una viuda o una
mujer abandonada--; o excelencias como La llegada de la primavera,
relato del que se extrae el título de la colección. En este cuento, de
nuevo, un hijo visita a su padre y a su madre en un geriátrico, pero
en su narración, de manera secuencial, Monzó juega con los tiempos,
desde un presente hacia un futuro cercano (usando flashforwards).
Es por ello que, al principio, nos hace pensar que se trata de la
narración de dos personajes y no de uno sólo, como descubrimos al
final: eutanasia, muerte y angustia reaparecen como argumento.
Así, este primer tramo de Mil cretinos tiene ejes comunes: el
dolor de la muerte, pero no desde el difunto, sino desde el silencioso
sufrimiento de los familiares cercanos. Es como si Monzó nos dijese
que no hay mayor dolor que la muerte de tus seres queridos: quien
muere, muere; quien ve la muerte inminente llora y cuando se queda
huérfano, sigue llorando la ausencia.
Comentan que Quim Monzó estuvo durante muchos años de su vida cuidando
de sus padres, en medio del nacimiento de sus hijos. Entendemos con
esta confesión las capas autobiográficas que pueden tener Mil
cretinos. Relatos como "Dos sueños" o "El amor es eterno" no hacen
más que prolongar el sufrimiento del lector. En estos dos cuentos, los
protagonistas no son descendientes que ven agonizar a sus
progenitores, sino que son futuros padres abocados a la
responsabilidad de criar (en presente o en futuro) a sus hijos,
sabiendo lo que ellos pueden sufrir cuando, como padres, les llegue un
último aliento o esa indefensión que es la última vejez, esa cuarta
edad decadente.
Sin embargo, esta primera parte del libro se completa con una segunda
parte de doce estampas: "La sangre del mes que viene", "Un corte",
"Cualquier tiempo pasado", "El tenedor"... No son relatos y la crítica
así lo ha recogido. Muchos han dicho que Monzó ha llenado con
artículos periodísticos este último tramo de Mil cretinos. Como
si el autor desplegara un llenapáginas para que el libro cobrase lomo.
Y no estoy de acuerdo; en absoluto.
Esos doce protocuentos de Mil cretinos son, para mí, lo mejor
del libro, la parte más dolorosa --y, por tanto, más sincera-- de la
última literatura de Monzó. Son doce textos insoportables, como la
mismísima Realidad.
Me explicaré tomando otro referente. En los años sesenta, los
vanguardistas utilizaban la mezcla de géneros para crear simbolismo.
Por ejemplo, tomemos a Julio Cortázar. El escritor argentino aunó
poesía y cuento en Historias de cronopios y famas, en
Ocupaciones raras o en los manuales de instrucciones donde una
escalera o un reloj lo significaban todo.
Cortázar, simplemente, tomó la métrica y musicalidad del poema (cantar
era también contar) para arrastrarnos a lo simbólico y la
conceptualidad de la prosa para conformar un concepto, tal y como
menciona Saúl Yurkievich en su libro Julio Cortázar: mundos y modos.
Dicho de otra manera, estos textos cortazarianos no eran cuentos, sino
viñetas o estampas en las que el autor quiso retratar de manera casi
neomodernista la realidad: "Piensa en esto: cuando te regalan un reloj
te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un
calabozo de aire / No te regalan un reloj, tú eres el regalado."
Este tipo de textos eluden la trama y el argumento y ahondan en el
simbolismo: el micropoema se mezcla con el microrrelato. No hay
historia, sino narración. Cortázar lo explicaba como una prosa de
almanaque (calendario): una foto narrativa para cada mes del año,
como, por ejemplo, la primera edición de Último round.
Si es así, me place creer que Quim Monzó ha hecho lo mismo en Mil
cretinos. Su segunda parte son doce textos, uno para cada año;
doce retratos en los que no ocurre nada más que una descripción de
acciones y comportamientos contemporáneos. ¿Somos eso: una familia que
sólo se saca fotografías ("La plenitud del verano")? ¿Somos eso: una
mayoría irreverente que expulsa a una minoría ("Shiatsu")?... Quien se
vea reflejado en ellos y no reflexione es que está atrapado. Quien no
se vea reflejado y lo critique es que se ve fuera del sistema.
Monzó usa la misma técnica narrativa que usó Cortázar en Último
round. Sin embargo, Monzó avanza un paso más. Si Cortázar sumaba
lo simbólico de la poesía con lo conceptual de la prosa, Monzó da otro
giro de tuerca.
¿Cuál es el mejor mecanismo narrativo para enunciar --criticar y
denunciar-- la Realidad a las masas? La propuesta de Monzó es clara:
el género periodístico o el lenguaje de los mass media.
Monzó mezcla este lenguaje de medios de comunicación --el artículo o
la columna-- con la ficción pura. Sustituye con esta opción la parte
simbólica de la poesía, por la supuesta verdad periodística. Con ello,
quizás, lo que nos quiere transmitir Quim Monzó es que lo real
duele.
Mírate en cualquiera de esas estampas monzonianas. Reconócete.
Recházate, si eres así. O, si no --tú eliges-- sigue siendo, sin más,
uno de esos mil cretinos que retrata en la segunda parte de su libro
Quim Monzó.
David González Torres, EL HUECO DEL VIERNES, blog,
www.aviondepapel.com
:
L’home que mira per la
finestra
Sembla que, conscientment o no, Quim
Monzó tingui ben apresa aquella lliçó que deriva d’una famosa frase de
Gustave Flaubert del 1845: “Perquè una cosa esdevingui interessant,
n’hi ha prou de mirar-la molta estona”. I que té un complement, en un
altre extracte de la seva correspondència: “De vegades, després de
mirar-me atentament un còdol, un animal, un quadre, he arribat a
sentir com m’hi ficava a dins”. Perquè, des dels seus primers llibres,
Monzó ha demostrat que interessar-se per la vida quotidiana no és una
activitat ordinària i ha dedicat molta energia literària a intentar
representar l’essència de les coses i evitar-ne les aparences més
anodines. Hi ha en la seva literatura una mena de poètica melancòlica
de la vida quotidiana moderna. O, més ben dit, molts dels seus contes
(i també el seu articulisme) plantegen una interrogació sociològica
sobre la quotidianitat que prové d’una mena de deure seu, de memòria
personal, però que constituirà, per les generacions futures, un
veritable arxiu dels espais actuals, dels comportaments i obsessions
col·lectives d’aquest tombant de segle, dels canvis en les conductes
personals d’avui, com ho són els llibres de Georges Perec a França.
En el seu nou llibre, Mil cretins,
un Monzó amb un talent renovat desplega la seva enorme capacitat
literària per escriure uns relats amb una prosa neta i eficaç, una
llengua impecable que ni es veu i una visió fatigada de la realitat.
Els contes de Monzó es reconeixen de seguida però no es repeteixen mai.
Són artefactes autònoms, que s’aguanten per si sols, amb la bellesa de
les coses ben fetes que saben adequar la seva forma a la seva funció.
Però és evident que la literatura de Monzó no és un document
sociològic ni ho pretén ser. Més aviat és com si imposés una mena
d’hiperrealisme, amb una descripció neutra i objectiva, que, de cop,
per l’acumulació de detalls, es torna demencial i expulsa el lector de
la realitat. Una realitat tan real que no ho sembla, dotada d’una nova
perspectiva feta d’una estranya profunditat. Potser per això hi ha, en
els seus contes, una visió desencantada de la vida que com més va més
es torna melancòlica i que desestabilitza el lector. Monzó sempre fa
la sensació d’un astorament generalitzat davant la realitat, davant
els homes (i les dones), davant les paraules i les coses. De la
cartografia urbana que aixeca, de l’atles de la identitat
contemporània que fotografia, se’n desprèn un complex món interior,
que emergeix a través d’humor negre, sempre amb protagonistes
angoixats, obsessius, que viuen els replecs d’aquest món amb una
incredulitat total.
Mil cretins és un llibre més llarg
que no sembla. Són dinou contes, dividits en dues parts. En els segons,
amb alguns relats brevíssims, Monzó continua treballant formes i temes
que domina. A "La sang del mes que ve", un conte transgressor que
podria provocar polèmiques, Maria decideix no tenir el seu fill. A
“Una nit”, un príncep blau s’adona que la princesa no es desperta
després del primer bes. A “Trenta línies”, el més previsible, un
escriptor exposa els problemes que té a l’hora d’escriure un conte. A
“Xiatsu”, un home ha de sortir d’un bar entre les burles d’un grup que
ha ocupat la taula del cantó. A “El noi i la dona”, dos personatges es
retroben cada dia: un enganxa cartells i l’altre els desenganxa tot
seguit. Sempre s’acomiaden amb un “Fins demà!”.
Els primers contes, en canvi, són més
llargs i més densos. És com si Monzó es renarrativitzés per
transposició autobiogràfica. N’hi ha molts escrits en primera persona,
els personatges tenen records infantils i els expliquen, hi ha retrats
d’amics com Ramon Barnils i Jordi Vendrell, filtrats pel somni. En
destaquen tres contes inoblidables que causen estupor per la seva
perfecció formal. A “Dissabte”, una dona que fa endreça retalla amb
fúria les fotografies del seu marit. Successivament, buida calaixos i
armaris i els mobles del pis i, al final, desmunta les rajoles i el
pis mateix. La repetició de paraules i gestos i seqüències dóna una
inquietant sensació d’immobilitat al moviment intern del conte.
“L’arribada de la primavera” és un conte estremidor ben situat entre
les dues parts del llibre. Un home visita cada dia els seus pares en
un geriàtric. Li demanen morir com més aviat millor. Alhora, perplex,
visita el pis buit que ocupaven. A “Miro per la finestra”, un home
mira per la finestra (indiscreta) perquè li ve de gust. El conte fa
avançar magistralment el temps de la història i el del relat. Observa
el carrer, escolta els seus sorolls, es recorda ell mateix de petit,
parla per telèfon, pensa en allò que no veu o en allò que podria veure
a través de les branques dels arbres. Sap transformar un acte banal en
una obsessió inútil. Mirar per la finestra es torna metàfora de la
literatura de Monzó i de la vida mateixa.
Xavier Pla, AVUI, Barcelona
:
Dos hombres y un armario
El primero de los Vuitanta-sis contes de Quim Monzó, "Historia
d'un amor", relata el caso de una pareja que se dispone a copular. Tan
pronto el tipo empieza a acariciar los muslos de la chica y a
musitarle palabras melifluas, empieza a aparecer gente inoportuna que
interrumpe el coito. Uno de los cuentos de Mil cretins, "Dissabte",
me ha recordado esta historia. La protagonista es una mujer de edad
que acaba de perder a su marido y que se dispone a vaciar la casa de
recuerdos. Igual que en "Història d'un amor", el cuento se estructura
en función de una compleja coreografía: la señora recorta fotos y las
tira a la basura, vacía un armario, arranca los azulejos del cuarto de
baño; lo baja todo a un contenedor y cada vez, antes de volver a casa,
se obsequia con un refrigerio en el bar de la esquina.
Cuando se publicó "Història d'un amor" en Uf, va dir ell
(1978), muchos vieron en Monzó a un autor divertido y moderno. Error:
Monzó es trágico y contemporáneo. Detrás del juego dinámico y
ocurrente, del deseo que no llega a consumarse y de los personajes
vestidos de época, se puede adivinar la influencia de Beckett (la
interpretación mecanicista de las relaciones humanas de sus películas
Quad I & II), de Brossa y Carles Santos (el gusto por el
transformismo, el disfraz que trastoca las categorías sociales), del
grupo pánico de Topor y Arrabal (el gesto absurdo y cruel).
La primera parte de Mil cretins se abre con una frase de uno de
los primeros cortometrajes de Polanski, Interrumpiendo la fiesta
(1957), en la segunda la cita es de Topor. "Mis películas son la
expresión de deseos momentáneos —dice Polanski en la carátula del DVD
Cortometrajes 1957-1963—. Sigo mis instintos pero de una manera
disciplinada". ¡Exacto!
Desde 1978 hasta hoy, a Monzó se le han colgado varios sambenitos.
Unos le acusan de frívolo y chistoso, otros esperaban que escribiera
lo que nunca prometió. Si se toma la obra en su conjunto resulta de
una extraordinaria coherencia. Este fin de etapa que representa Mil
cretins vuelve a echar por tierra las proyecciones de admiradores
y detractores, y presenta a Monzó como un puro espíritu de
contradicción. De un lado, conecta con los orígenes. Rescata la mirada
sobre el absurdo contemporáneo, el juego que lleva a desarrollar la
historia siguiendo el instinto, de manera disciplinada, como en los
cortos de Polanski que admiraba en su juventud (dos tipos salen del
mar acarreando un armario y lo pasean por la ciudad, hasta que de
improviso vuelven a meterse en el agua).
Al mismo tiempo hurga con todos los dedos en la llaga. Dos de los
cuentos más fuertes ("El senyor Beneset" y "L'arribada de la
primavera") tratan del envejecimiento y de la relación de dependencia
de los padres enfermos y enloquecidos. "Dissabte" es una glosa
terrorífica de lo que significa vaciar un piso. Como en La magnitud de
la tragedia, Monzó saca a la luz de manera terrible su angustia vital.
Estos tres cuentos contienen una novela que no escribirá pero que
quedará para siempre flotando en la atmósfera de sus cuentos: la
historia de un chico de les Corts, con una familia encerrada en vida
de caracol, que se entrevé en relatos como "El meu germà" o "El nen
que s"havia de morir" de El millor dels mons, y que aquí
termina en el geriátrico.
En tercer lugar: los cuentos breves de la segunda parte no son la
estilización del chiste de sobremesa como dijo el otro día Ponç
Puigdevall, sino observaciones contundentes, fragmentos de realidad
viva, que conectan con las historias cortas de cama de El perquè de
tot plegat, que son de lo mejor que ha escrito. Finalmente, "Dos
somnis" representa la apertura de un nuevo espacio literario. Aunque
ha utilizado a menudo elementos autobiográficos, nunca había sido tan
directo como ahora. Beristain y Brugat a penas consiguen ocultar a
Barnils y Vendrell, los dos amigos muertos que encarnan en el otro
mundo dos ideas contrapuestas de la vida que emanan del propio Monzó:
el placer, la libertad, el gozo, frente a la felicidad simple y
ordenada de la paternidad. En los cuentos geriátricos se nota el
esfuerzo por enmascarar el shock emocional, mezclando observaciones
precisas y dolorosas, como los comentarios del padre sobre las
enfermeras que le manipulan el sexo en la ducha, con soluciones
extremadas, como el travestismo del señor Beneset. En "Dos somnis",
Monzó se muestra en su desnuda humanidad, algo azorado, pero dispuesto
a dar la cara.
"Història d'un amor" era un cuento que enamoraba. Era tan sencillo,
tan luminoso, uno se imaginaba tan guapa a la chica, tan gentil al
caballero, daba tanta risa pensar que mientras la ensartaba, llamaba a
la puerta una representante de los productos Avon... el chico le
sacaba la minga y se oía "blop". Me imagino que la señora a la que se
le ha muerto el marido y que protagoniza "Dissabte" es aquella chica.
Y veo la dimensión que en todo este tiempo ha tomado la obra de Monzó,
que no se repite, ni se acomoda, que cada vez va más a fondo en su
análisis de la naturaleza humana. También a la señora la interrumpen
continuamente: un vecino que encuentra en el ascensor, la guardia
urbana. En "Història d'un amor", que era un cuento muy 68, los
condicionamientos sociales impedían la realización de los amantes. "Dissabte"
es la historia de una progresiva renuncia, de la destrucción de lo que
un día fue un mundo, que al final lleva a la mujer a arrancarse la
piel. El ritual de su inmolación disgusta al vecindario. En los
parámetros del mundo actual, la viuda de "Dissabte" es un lastre, un
estorbo. El punto de vista se ha invertido: del vitalismo a la agonía.
Si tuviera que escoger un cuento de Mil cretins me quedaría con
"L'amor és etern" que, desde que lo leí por vez primera hace unos
meses, me hace pensar en L'animal moribund de Philip Roth. Es
la segunda oportunidad de un hombre que no quiere comprometerse y que
deja pasar el amor de su vida por miedo a la convivencia. El cuento
crea un clima fantástico de pasión y enfermedad, de indecisión y
remordimiento. La mayor de las ternuras disimulada tras una
inmisericorde crueldad. Qué grande es Monzó.
Julià Guillamon, LA VANGUARDIA,
Barcelona
:
Foto: Pedro Madueño
Poema sobre la nada
El discurso inaugural de Quim Monzó en
la feria de Frankfurt sirvió para presentar la cultura catalana con su
mejor rostro, el de la modernidad más pura. Hubo quien no lo entendió
y quien no lo quiso entender; quien desconfía del poder civilizador
del humor y de la creatividad, quien no ve ahí más que extravagancias
y ocurrencias vanas, quien prefirió otros tantos posibles discursos,
ajados ya irremediablemente por el tiempo, colapsados por el exceso de
palabrería y de murga ideológica —le llaman mensaje— sin comprender
que todo eso ya no sirve, no nos sirve como nación.
¿Se imaginan que Monzó hubiera dicho directamente, seriamente ante los
periodistas internacionales, que "Catalunya ha estat la nació més gran
del món" sin recurrir prudentemente a la cita de Pau Casals? ¿O que
abordara en Mil cretins la espantosa experiencia de la
enfermedad y la muerte, de la inconsistencia física y moral sin el
contrapunto de la ironía, sin el distanciamiento de la risa, sin el
ingenio de la mirada autocrítica? La ley de la modernidad es
inexorable y exigente porque sospecha de todo, como nos enseñó
Nathalie Sarraute: necesita de la humildad que supone ponerse a uno
mismo siempre en la duda, en la paradoja, en la contradicción y el
contraste. Porque desconfía de los sermones y del sentimentalismo, de
los trucos manidos. De la lágrima caída en la arena y del índice
enhiesto y pretencioso de Bin Landen. Su fuerza y su verdad están ahí,
en su aparente fragilidad, en su falsa banalidad.
La literatura de Monzó no es tan comprensible como parece a simple
vista. Todo el mundo la puede leer, cierto, pero ocurre lo mismo que
con el Quijote o con Madame Bovary, hay quién la ve sólo como la
historia de un loco gracioso o como la narración de las calenturas de
una señora de provincias. Mil cretins se construye del mismo modo
discreto y hondo. Su fuerza está precisamente en su despoblamiento
retórico, en su falta de pomposidad, en su actitud serena, sin
efectismos. La importancia del texto no está en el propio texto sino
en la complicidad con el lector, en que el valor del libro se revela
entre los escombros, la basura y la ganga, en que su enorme verdad
humana se camufla significativamente entre el cretinismo más salvaje y
más ambiental. Monzó no divide el mundo entre sabios —el escritor— e
imbéciles —los demás— como suelen hacer los pretenciosos habituales o
los críticos literarios tristes y manicomiales. Los cretinos son
siempre mil —que es como decir "ponerse a mil" o decir diez mil o un
millón, o infinitos—, empezando por el narrador mismo: "No he pensat
per exemple, en la vida que duc habitualment, ni en com, per comptes
d"assaborir les coses tal com vénen, em passo el dia rumiant com
haurien de ser. Faig tot el que puc per corregir el curs de la
realitat, i preveure-ho tot perquè, si evito que hi hagi cap ensurt,
l"endemà resulti més suportable. (…) No frueixo del petó sinó quan ja
és passat; aleshores el recordo de grat. No en frueixo en el moment
perquè més enllà de la tendresa, veig les ombres, les possibilitats
terribles que s"amaguen rere cada cosa agradable."
Como Sócrates, Monzó sabe que no sabe. Y su manera de escribir es la
del gran narrador que construye sus historias desde la duda y la
insatisfacción más hirientes. Es el gesto y la manera de un gran
narrador porque el discurso de Frankfurt y Mil cretins nos retrotraen
a la raíz misma de la modernidad literaria, al nervio de la mismísima
reticencia con la que un Cicerón construyó sus famosos discursos
Contra Verres, modelo retórico y literario donde los haya mientras
nuestro mundo sea este mundo. Monzó cree en la suspicacia y en la
desconfianza, en el sentido crítico, en la libertad de consciencia y
de pensamiento como centro de la creatividad y del arte, como en el
famoso discurso de Antonio del Julio César de Shakespeare. Monzó cree
en lo mismo que creía Beckett, Kafka, o por citar la tradición
catalana, Guillermo IX de Aquitania, el primer trovador conocido, que
se atrevió a escribir el primer poema sobre la nada: "Farai un vers de
dreit nien" —"Haré un poema sobre nada". Un poema que se ha hecho a
partir de la nada y que no dice nada. Hablando en serio ¿qué podríamos
decir? ¿Qué sabemos en realidad, qué conocemos más allá de nuestra
propia incapacidad, nuestro cretinismo, nuestra imposibilidad de ser
felices?
Jordi Galves,
LA VANGUARDIA, Barcelona
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